Nocturnámbulo II

Soñé que Borges vivía y tenía twitter. Lo usaba bochornosamente, como Jodorowski. Para adaptarse mejor a estos tiempos de individualismo, quería dar la impresión de profundo pero también de consejero, fracasando estrepitosamente, al menos con quienes ya pueden ver de antemano la intención de colarse en el boom cultural de los guías espirituales que no se admiten como tales por ejercer una especie de humildad apócrifa. Como Jodorowski. Tenía Borges un séquito de seguidores burgueses con la panza llena, sin conciencia de clase, que se desayunaban con sus manifestaciones virtuales y les ayudaban a sentirse más que otros a quienes les replicaban esas intervenciones. Como Jodorowski. Éste último, herido en su orgullo, con el correr de los tweets, y ante la caída del número de favs, empezó a hacer publicaciones que hablaban de “falsaciones”, “advenedizos”, a ser irónico, a referirse a Borges sin nombrarlo, como hacen los adolescentes de 50 años en Facebook cuando se enojan con alguien. Borges, por su parte, se sabía destino de esas pobres argucias pero permanecía impertérrito y seguía hablando de espejos, de tigres, de palimpsestos y códices. La masa zombificada elegía bandos, se dividía entre la obsecuencia y el ataque, explícito pero virtual, como si se tratara de católicos vs testigos de Jehová. O los redondos vs los ratones. No faltó la idea ponzoñosa, promovida por los medios masivos de comunicación, de colocar a Borges como un elitista (en realidad esta era una idea propia de quienes tenían pereza de elevar el nivel del placer de la lectura y preferían opciones mucho más modestas, como, por ejemplo, Coelho, o los aforismos de Naroski, o también la página frasesparafacebook.com) y a Jodorowski como popular, lo cual no era bien recibido por el grupo de cogotudos que vivían en la opulencia pero que reclamaban, para estar a tono, el derecho a tener crisis espirituales. Los moderados virtuales los negaban a ambos, y decían que violencia es violencia, que respirar bien es salud y otros comodines de la pobreza intelectual. Osho, quizá envanecido por tener un Nobel de Literatura en su haber, se sumó al cumulonimbus virtual y quiso calmar las aguas, e instó, desde Instagram, a que las dos figuras hicieran las paces. Jodorowski dijo que luego de dar convenciones sobre psicomagia para jardineros lo iba a pensar. Borges dijo que no sabía quién era “ese ignoto” Osho e insistió en que a Jodorowski lo tenía de mentas, pero que era fama que era un gurrumín de escritorio, corrompido por la necesidad de sacralización. Osho se enojó y pidió a sus asesores que averiguaran por la existencia de alguna comunidad borgeana, para envenenarles el agua. Le dijeron sus asesores que no había tal comunidad. Osho se enojó el doble, y en un rapto de bronca, vendió a un precio irrisorio unos de los 90 Rolls Royce que tenía. Vía Instagram. Se lo compró el hijo de un sultán, no por Rolls Royce ni por barato, sino porque lo vendía Osho. A las gentes les parecía sobrador el silencio de Borges ante la furia más que evidente de Jodo. La cosa se puso tensa cuando Jodo, borracho, en París, posteaba fotos (aéreas) en Facebook e Instagram, del Cour du Commerce Saint-André e invitaba a Kodama a acompañarlo. Borges entonces respondió, desde una cuenta apócrifa de Twitter, e invitaba a Jodorowski “ a cagarse a trompadas”. Y que si quería venir Osho también, que viniera. “Que en mi puño lampiño hay una coz que siempre, siempre, ha sido suya, don Jodo, y que lo conminará a ver el Aleph así, al toque”. Jodo arrugó, aduciendo estar muy extenuado. Que en todo caso respondía psicomágicamente.
Las cosas eran tan absurdas que, en otro orden (mucho menor) de cosas, en todos los diarios había salido la noticia de que Joaquín Sabina abandonaba la música y pedía que las disqueras que eliminaran todo rastro de sus obras y exigía multas para cualquier artista que cantara alguno de sus temas. Un cronista díscolo del Le Parisien coronaba esta noticia con la apreciación personal de que, a partir de ahora, uno podría ir a los bares a cenar sin necesidad de adolecer tanta maldad en forma de cover. Esa maliciosa inferencia le valió mayormente el desprecio de los músicos de todo el mundo. Los músicos sensibles, en cambio, guardaron un silencio que podía interpretarse como una tímida validación de los dichos del cronista francés.
Miguel Del sel me llamaba por teléfono y me pedía que le prologara un ensayo, más extendido que extenso, sobre Max Stirner. Que ya había hablado con los de Planeta de Agostini para publicar. “Mandale fruta, como hacés vos siempre, guiño-guiño-je-je y mandámelo al correo, que me estoy yendo a Panamá. Después te cuento, boludo.”, me decía. Incluso ahí soñando, yo me daba cuenta de que todo eso formaba parte de un mundo imposible, imperfecto, pero atinaba a preguntarle por qué me pedía eso a mí. Me respondió: “Boludo ¿Vó no só poeta, filósofo, alguna cosa désa?”. Ahí me desperté, asustado.

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