Yo quisiera

Chocolate
Chocolate, desde la eternidad.

 

 

Yo quisiera que no les dolieran tanto los ojos a quienes saben mirar a los perros,

es decir, a la inocencia, por decir,

en sus múltiplos de dolor se pueblan de ojos idos,

que se llenan de interrogantes,

de conciencias de que no se puede todo,

que se puede lo que se puede,

y que se puede más bien poco.

Está lleno de perros, es decir,

de inocencias, los gestos de los que viven con esos dolores,

medio ciegos medio insociables,

están imbricados en un perrar con razón,

contra los que dicen que hay cosas más importantes,

como los nenes con hambre que también

nos duelen como el hambre

o como la historia,

pero con los que también aprendemos a vivir,

a sobrevivir más bien,

agazapados como están al borde de nuestros hombros.

¿Qué nene cargás vos?

El que recuerdo siempre que otro me muestra sus miserias,

el comodín del dolor.

¿Cuántos nenes cargás vos?

Yo tengo en el recuerdo la nena que me vendía estampitas

en la terminal de Córdoba,

que no sabía decir gracias

ni vender sus estampitas

ni gritar sus injusticias.

Y yo tengo a mi propio hijo,

que come salteado.

Y yo tengo el pibe convertido

en noticia por desnutrido,

sin fallar gobierno.

Está en todos los diarios opositores.

Yo tengo el antropocentrismo listo

en el garguero porque no soporto la

mirada del perro con hambre.

No me aguanto que no sepa que se muere

de hambre y que me mire así.

Todavía me acuerdo de la Negrita

muerta a barrotazos por su dueño,

porque se había preñado y ella estaba hecha para correr, decía.

Del galgo atigrado que se preparaba para entrar en la muerte

con su pata trasera muriendo en el desamparo

y que evitaba la mano cuidadora y la mano que lo echaba a la muerte.

Es un espejo el lugar donde están

todos los perros que nos reclaman,

por frágiles pero también por devolvernos

lo que somos,

qué embromar.

Y yo comprendo

o trato de comprender esa multitud de ladridos

y de muertes que no se cansan de volver

a morir

en otros perros.

La recuerdo a Silvina proteccionista

cuando lloraba la suerte de los 12 cachorros

tirados en el basural con la madre,

se le colmaba la boca de cachorros,

tenía hipo de perros, es decir,

de inocencias que le cortaban el llanto

y la certidumbre de que algo se hace

con tanto cachorro tirado.

Yo quisiera que a Silvina no le dure tanto

el dolor perruno.

Porque yo entiendo que está habitada ella

de lamidas que no pudieron ser, que no las dejaron ser,

y cuando se cansa se olvida de

toda enseñanza católica de prójimo

y tímidamente les desea la muerte

que nunca viene de verdad

a los que le dicen qué dolores son importantes

y cuáles no

pero que nunca es su dolor de perros,

el dolor de perros que no está en las oraciones ni en los sermones

ni en las iglesias

ni en los discursos de campaña.

Pocos le ayudan a sostener esa multitud de perros que le brota de la tristeza

y que le carga las lágrimas cuando el odio se las saca desde el pasado,

desde adentro.

A veces yo me animaría a decirle que nunca va a alcanzar

con darles vacunas a los abandonados, conseguirles patio o tránsito

a los abandonados de mañana, y de pasado mañana.

pero la miro y en esos ojos me mira Pedrito cachorro

desde la muerte,

desde el dolor aún,

hasta tiene ese aliento a nuevo

del cachorro que empezó a comer bien.

Se quedó en ser cachorro Pedrito.

Y entonces nada le digo a Silvina,

y no sé si ella ve en mí a alguien que le ayuda

a sostener el pensamiento

o sólo le aligera los silencios.

Yo sí veo que en los rincones menos vistosos

se llena de perros

y que también hay que comer

y dormir y ser buena persona

o fingirlo para no ver los perros que nada saben de sus propias circunstancias

ni del hambre humano

ni de Pedrito que sabe volver desde la muerte

a preguntarme por qué me distraje ese minuto en que caben todas las manías

que el auto que pasaba por la ruta le prohibió en este plano.

A mí me gustaría que nos dolieran un poco más

los reclamos que se quieren tapar con humanidades,

con malas leches,

o que viéramos los caminos que los perros

abren en el pecho del dolor,

huyentes de la pirotecnia

o la mano del hombre que necesita sentirse superior

secándoles la respiración y la inocencia.

Por las dudas, siguen ladrando perros

en todos los momentos.

¿Y nosotros qué hicimos,

qué es lo que hacemos mientras

los perros que no conocen demagogia

pero conocen la violencia sin nombrarla

van entrando de a montones

en la muerte

esa muerte bien muerte en que todo

se olvida por muerto

pero también por no reclamarles la vida?

 

¿No ves que está lleno el mundo de perros que te llaman?

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