Salidas

Si como indicio de estar madurando se toma el hecho de ya no sentirse atraído por visitar boliches, debo decir que empecé a madurar allá por los 20 años, cuando se les llamaba confiterías. Habría que establecer, asimismo, qué es lo que se gana madurando, pero en fin. Pero desde los 13 hasta los 20, salía. Salía mucho. Y cuando no salía, me ponía mal. No tan mal como ahora, si salgo. Sí recuerdo que el desencanto progresivo por la salida tuvo que ver con cosas específicas: la música, primordialmente. Luego, el hecho de que las minas que se me acercaban, lo hacían con el propósito de preguntarme si era hermano de mi hermano, porque, decían, era parecido y mandale saludos y chau. Mi hermano, a este respecto, me recalcaba algo que yo comprendí más tarde, como hago con todo; me decía “cuando salgas, tratá de ponerte ropa que no esté rota o no tenga algún defecto de fabricación. Y perfumate. Lo de caminar encorvado no es tan importante”. Yo le contestaba al toque con copypastes de Nietzsche que no iban al caso pero que a mí me parecían que sí.

Luego, claro, pensando detenidamente, sumé otra sospecha más, y era el afán desesperado por pertenecer, de parecerme un poco a lo que veía en los boliches: personas resueltas, conversadoras, capaces de llevar como una marca vip los ataques de la moda, conocedoras de todos los tópicos para ser personas entradoras, cómicas, y según lo requiriera la situación, usar la comicidad mordaz o absurda o elegante. Me acuerdo de que la moda lograba lo que la muerte cuando se instala: que todos se vieran iguales. Y que no hubiera vergüenza en ello. Recuerdo a un compañero de colegio que minientrevistaba a desconocidos eventuales acerca del lugar en el que habían comprado la ropa. Todo esto dentro del  boliche. Miraba las marcas de los jeans de los pibes. (Casi escribo “vaquero”).

 

A los jugadores de fútbol no les preguntaba, porque, como sabemos, todos los jugadores de fútbol se visten igual, por los siglos de los siglos amén. Lo único que añadieron como distintivo es escracharse los brazos con tatuajes de rosarios y abuelas y frases pero con errores de ortografía, como el del Pocho Lavezzi. Los que no jugaban al fútbol, se vestían como ellos porque parece que causaban buena impresión entre las mujeres. Cosa que también descubrí más tarde, cuando incluso yo ya había logrado cierta conciencia de mí mismo y había abandonado el fútbol. Aún hoy, en pesadillas, vuelven de manera cruel y aleatoria aquellos pulóveres de lana anudados sobre el pecho. Y los zapatitos náuticos. Y las chombas. Un horror.
Si algo tuve claro en ese tiempo, era que no quería ser como esos eternos adolescentes que afianzaban su existencia en base al acoso grupal contra terceros, siempre que esos terceros no se dieran cuenta, claro. Vamos, lo que Tinelli hizo después hasta el hartazgo. Esto debe tomarse como una advertencia para los solteros que se tomen en serio el tema de dejar descendencia: la generación del 78′ al 82′ más o menos, fue educada por Tinelli y no pudieron sacarse nunca más de encima esas huellas. Hasta votaban lo que veían de Tinelli. No era casual que en los recreos de la escuela se comentaran, y se replicaran, lastimosamente, los pormenores y los engendros de esos programas en lugar, de, por ejemplo, jugar al fútbol, cosa que unía más a la gente, incluso de distintas clases sociales. En el caso de los chetos, no tenían problema alguno en admitir en su mismo equipo a los pibes más humildes, por la sencilla razón de que jugaban mejor, además de oficiar de guardaespaldas en caso de piñas.
Saludablemente desarraigado de ese enjambre humano, quedarse a perder el tiempo en mi pieza, que no es lo mismo que quedarse en casa, escribiendo, para nadie, que es la cosa más inútil y solitaria, y que quizá por eso mismo lo hacía, tenía cierto grado de alimento. Es decir, me volví aburrido, según la acepción más común del término, que es quedarse en casa los fines de semana. En épocas (decir “en mi época”, es, claramente, un signo de vejez, ya no de madurez) en que el acercamiento era un misterio y ninguno de los pibes encuestados por mí quería largar ni una punta, un sistema de cómo acercarse a una mina, con los chicos del barrio nos hicimos amigos de un grupo de chicas de Centeno. Nos visitábamos con frecuencia. Era el único contacto prolongado con minas, que si bien era en código amistoso, servía para ver cómo era aquello de conversar, ser sociable, compartir afinidades y esas rarezas. Uno de los pibes era novio de una de las chicas y el resto de ellas y de nosotros usábamos eso como excusa para ser amigos. Luego, por obviedades como la ruptura de esa pareja basal, nos alejamos y de aquellas amistades un tanto pretenciosas e insinceras, la verdad, quedaba el rastro nomás. Al tiempo volví a mi pieza como puesto de resistencia, a leer, al pedo nomás, pero como que me había conseguido un mundo al que abrirme, digamos. Esta es otra de esas cosas de las cuales me doy cuenta luego. De haber conseguido un mundo. De habérmelo creado sin querer también, a tropiezos de inocencia, cigarrillos, masturbación y petacas de licor crema de café al cognac Tres Plumas. De laburar, ni rastros. Eso era algo que mis viejos no me habían heredado ni yo reclamado. Durante ese trayecto de mi vida leí una cantidad supernumerararia de libros que hoy no recuerdo, porque eso pasa cuando se lee para luego poder decir que se leyó. Claro que también pasaron por mis manos tristezas de metafísica, superación personal y otras mierdas que cantan a dúo con el individualismo de estos tiempos. También me regalaron un libro de Coelho. Que leí. Entero, encima. Ese del guerrero de la luz. Obvio que tampoco perviven rastros de eso.
También hice algunos amigos que tenían cable y con los cuales nos poníamos a ver películas que creíamos de culto. I-Sat y Cinecanal fueron la bóveda de nuestra formación durante mucho tiempo. Los viernes nos juntábamos en alguna casa para hacernos un automasaje mental. Al menos así lo tomaba yo. fiesta_2-1000x551.jpg
Un viernes en que me disponía a exagerar tragedias personales, ilusorias o no, me golpea la ventana Pablito, que luego de un preámbulo de silencio tan propio de él, me incita a salir. Me decía que a él le había pintado salir después de mucho tiempo, y que eso era un presentimiento al que quería darle cauce. Medio que acepto, luego de negociar que no iba a bañarme ni usar ropa cheta ni nada de eso. Pablo se rió porque no le importaba eso. Era capaz de salir con un linyera, porque quería salir, y no quería salir solo. Por esas cosas, aparece Mario a visitar a Pablo y se nos sumó. Me quise convencer de que en caso de que me fuera pareciendo una mala idea haber aceptado la invitación, podía regar con un vinito o unas cervezas la persistente noción de que aquello era equivocado, que hubiera sido mejor quedarse a dormir, incluso. Aquella noción no tardó en desplegárseme por el cuerpo. Había olvidado que Pablito era un tipo muy demasiado hiper sociable: apenas entramos al boliche lo manotearon algunos de sus compañeros, todos chetos o giles. Yo era un gil, pero de otra calaña. Y quedé al margen. Sonaba Ace of Base o algo parecido. Se me estruja la piel de recordar eso. De entrar a un terreno en el que te sentís incómodo y viscoso e impersonal pero que si fingís un poco nadie se da cuenta de que no parecés extranjero. Tener que fingir. Reír, como parte del acuerdo social tácito de que te gusta estar ahí, queriendo pertenecer. Recuerdo eso y pienso qué mucho, qué tanto me costaba decir que no, despegarme de esa boludez de que a los amigos no se les dice que no. A Mario lo abarajó una amiga que parecía aburrida. O tenía algo en los ojos que la hacía verse así. Creo que sí, que tenía algo en los músculos de la cara que le daban una mueca de aburrimiento, como cuando salís del dentista y te dura la anestesia o el susto.
Entonces me puse a hacer lo de siempre, pasear y mirar a la gente, estudiarla y preguntarme si los había educado Tinelli o si habían podido zafar de eso. Subo al primer piso del boliche con un trago de algo en la mano, que me habría pagado Pablito seguramente, haciéndolo durar. En la penumbra de la pasarela, veo a una de las chicas de la barra de Centeno con la cual nos visitábamos años atrás. Anabella o Lucía, algo así se llamaba. Tenía mucho acné, era simpática y agradable, una vez que entrabas en confianza. Casi como yo, digamos. Le levanto la mano, sonriendo, a la distancia. Frente a ella, un chabón que hablaba con gestos que tenían bastante de admonitorios. Fingió no verme, o no me vio, que era lo mismo y no una novedad. Pero como yo estaba en la pelotudez, de querer ser alguien agradable, digo, me acerqué un poquito más, y la saludé todavía con distancia pero decididamente. “Hey Analía”, le dije. Se llamaba Analía, ahora me acuerdo. Pero me escuchó el chabón y me miró con la prepotencia de quien protege algo que cree propio. Ella fingió que miraba algo en el extremo opuesto de donde estaba yo digamos, por decirlo metafóricamente. Está hablando conmigo, me dijo el tipo. Aunque estaba oscuro ahí arriba, la altanería del tipo se notaba perfecto. . De atrás del chabón que estaba con Analía, ahora no me acuerdo si se llamaba Analía o Anabella, sale otro como con un tenor de guardaespaldas de la pareja, ya no del tipo solamente y se me puso enfrente como si me fuera a besar y me dijo si me pasaba algo pero no esperando respuesta, desde ya, se contestó solo, y luego me invitó a rajar de ahí, según sus palabras. Como nunca fui guapo, le hice caso inmediatamente. A Analía o Anabella ni la miré, y cuando me estoy yendo, siento una cachetada en la nuca. Hago dos pasos y me doy vuelta, pero sólo para ver quién había sido. El que me cacheteó había sido el que me invitó a rajar; más atrás, el chabón que estaba con Anabella, perdón, con Analía, me hacía la clásica seña de “andá, andá”. Las personas que estaban cerca se quedaban mirando, riéndose. Eran todos amigos de estos dos. Pensaba en mi cama, en estar en ella en ese momento y en la forma en que la luz del velador le daba vida a las volutas del cigarrillo del presueño, en cómo mirar eso se parecía bastante a la calma, a un lugar amable encontrado que conoce tus resoluciones. En cómo esas cosas son mejores que lo que estaba haciendo en ese momento. Unos pasos más adelante, me paran unos pibes de mi pueblo, que no me conocían, pero que al ver la situación de la pasarela, se ofrecieron voluntaria y generosamente a “buscar a los otros pibes y los hacemos cagar acá arriba” Les contesté que me parecía mucho por tratarse de mí nomás, que dejaran. Los pibes insistieron y yo entendí entonces que no intervenían por mí. Así que seguí de largo diciendo que no se hicieran problema. Cuando llego al otro extremo de la pasarela, bajando por las escaleras del primer piso, noté que se arrimaba más gente. Bajé y me quedé al pie de la escalera, como si no terminara de entender la situación. Alguien pasó y me dijo che, vi cómo te buscaron quilombo, no deberías quedarte acá, van a bajar a buscarte porque vi que se están juntando todos los de Centeno y los de acá están juntando gente y no te hagás drama, le dije, no creo que sea para tanto. Chupó su bebida, se encogió de hombros y se fue. En general se armaba bardo si alguna de las personas populares, ya sea de Centeno o de acá, jugadores de fútbol, hinchas de fútbol, llanos herederos de fortunas, hacedores o víctimas de cornamentas, estaban implicadas. Y como que yo nunca fui de ningún bando. En eso estaba pensando cuando siento que me manotean el pelo, y con él hacían un remolino, cosa de que no me soltara fácil y así, me empujaban la cabeza hacia abajo, como para darme trompadas a granel. Se trataba sin duda de un profesional. Creo que en ese tumulto dije algo de la popularidad y que yo no pertenecía a ella, pero el que me agarró no quería o no quiso entender y me remolcaba para donde quería. Creo que habrían sido, a esa altura las 4 de la mañana, el boliche hacía poco que empezaba. Pensé en mi cama de nuevo, a esa hora prolijamente tendida, que es como me gustaba encontrarla cuando llegaba tarde a casa. Casi como un reflejo, pensaba en las películas de Van Damme y en cómo él, en esa situación, habría procedido. Se me ocurrió en un gancho al estómago puesto que mi cabeza estaba a esa altura, el que me agarraba decía te dije que te quedaras piola y si yo no hice nada, le dije, que quería saludar a una amiga, porque la conozco de otra vida y la puta que la parió, ahora te la buscaste y te vamos a hacer cagar, me decía y me retorcía. Tenía un jean el chabón (casi escribo vaquero) de talle grande, y se le salía un poco la camisa por encima del cinto y yo hacía fuerza para incorporarme pero el gordo tenía fuerza de verdad y pensé en cuando hacía la tumba carnera y no veía el cielo y todo el cuerpo apuntaba hacia mis rodillas, como estaba ahora y me dije le pego un gancho, le tiene que doler posiblemente, no puede fallar y entonces al costado de nosotros veo una tropilla de pies que se acercaban y retrocedían y si son los amigos de él pensé, le pego pero y si le pego y me agarran los otros estamos en la misma, pensé, mejor trato de zafarme y así empecé la tarea segundera de librarme de esas tenazas del gordo y siento unas estrellitas en el ojo derecho y vi, clarito, un anillo en el dedo anular del gordo, estrellitas mediante, chau, dije, me la pone otra vez, y le agarré la mano para sacarlo y lo quisiera ver a Van Damme ahí si ve que se acercan esas otras patitas de gente al quilombo y lo tuvieran agarrado del pelo, y creo que era Machito Ponce lo que sonaba pero que se corta de golpe, pero qué trabajo ser popular pensaba segunderamente, en eso junto fuerzas y trato de empujarlo al gordo y noto que me suelta, y me había quedado un remolino de pelo que se me caía lentamente como una hoja hamacada sobre mis ojos y el ojo derecho se me tapó de transpiración pensé, pero claro, el gordo me anotó un golpe en el ojo derecho, hijo de frula, y con el anillo, gordo zorro, me acomodé el pelo caído y vi una escena dantesca en la que el gordo estaba en el aire, en cámara lenta, como cuando Michael Jordan saltaba para hacer un punto, solo, sin marca, que parecía que se quedaba suspendido en su propia magia, y hasta uno podía pensar que era fácil con Jordan sacar bocha de fotos, por el tiempo en que se quedaba suspendido, pero al gordo, en realidad, me di cuenta después, no me lo había sacado de encima yo, sino que lo habían manoteado por atrás y lo embocaron y ahora caía a la pista de baile donde se había armado un revuelo de gente cheta y los vasos volaban y las minas se apresuraban a salir de la pista, mientras el gordo iba cayendo también en cámara lenta con la camisa a cuadros a medio salir del pantalón, pasa enfrente mío, pero a velocidad normal, el que me dijo que me iban a agarrar si no me movía de abajo de escalera, chupando su trago y me mira con cara de “te dije” y sigue de largo. Habían prendido la luz blanca que se prende cuando quieren echar a la gente, pero eran las 4 de la mañana recién y en la pista se veían manotazos, saliva, y tragos volando. El gordo empezaba un ángulo de caída, todo en cámara lenta con una belleza inusitada y hasta era bello el gordo así, se había ido cayendo y mezclando en el mismo afán hasta perderse en esa marejada humana. Me sentí avergonzado de haber sido el responsable de haber estado en los inicios del quilombo tal que hayan tenido que prender la luz blanca sobre la pista. Sentí, si se me permite la observación, lo que deberían sentir los personajes populares, a los que toda la gente les anda atrás y qué sé yo, pero bien sabía que, como mucho, yo sólo había sido el iniciador involuntario, como Anabella o Lucía, no me acuerdo, que no me había saludado. Los canas de civil y los que llevaban uniforme fueron cobrando por partes iguales pero haciendo a duras penas que el rebaño violento se fuera acercando a la salida y lentamente la pista fue quedando marcada de vasos de plástico rotos y paquetes de cigarrillos. Empecé a enfilar hacia la salida y lo veo a Mario con la amiga aburrida que hacía una mueca como de sonrisa que me decía, te cortaron, loco, mientras Mario en carcajadas me decía, qué quilombo que armaste, Nano. Y yo notaba que les sonreía pero de incomodidad. Pero esa sonrisa fue algo que se me pegó a mi cuerpo, un anexo impersonal, como una etiqueta de admisión. No fue algo que yo decidí hacer. Me fui sin saludar a Mario y a su amiga. De Pablito ni noticias. Me tocaba la cara y todavía sonreía. La gente me señalaba. Afuera el quilombo se había ido apagando y ya había machos en cuero queriendo dejar una huella de sí mismos y discutían con los policías. Vuelve a pasar el del trago que me decía que corriera de la escalera, me sonrió y me dice “nos vemos”, colgado de una rubia que lo llevaba con decisión. No hizo falta que le sonriera yo, porque me notaba la cara adaptada a ese anexo. Me duró varios días esa sonrisa, como un orzuelo, o un granito. Cuando se fue, volví a ser yo, digamos, si eso significa algo. Me prometí que mientras durara esa sensación de ser yo, no iba a pisar otro boliche.
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