Dentistas

Tuve que ir al dentista hace poco. Fui con una cierta solemnidad inútil, esa con la que suelo acompañar a esas cosas que uno se obliga a hacer cada tanto, para no desmejorarse, como ir también a muchos otros lugares, como a uno mismo, por ejemplo, acaso para no frecuentar otros lugares, como las perfumerías o los boliches, que nunca pasarán blues. Cuando llegué al consultorio, la dentista me dijo que me pusiera cómodo mientras preparaba el instrumental. No lo sentí como una orden. Casi lo sentí como una ceremonia liviana en la que todos saben qué hacer y en la que todo saldrá bien. Cuando empieza usar el torno, y yo veía los pedacitos de diente volando cerca, pensé en que la dentista estaba ejerciendo un poder, y que yo me sometía voluntariamente a él, lo cual, si querés, es una imagen que puede servir como metáfora para muchas circunstancias electoralistas. No es exagerado pensar que los dentistas pueden dominar el mundo. Pero no les interesa. O parece eso. Les basta sólo con proceder bajo ese tutelaje que encarnan casi con el desdén propio de quien se apasiona con algo. No les interesa ser presidentes ni papas (con minúscula lo escribo, pero no me refiero al tubérculo). Y algo me huele feo en toda esa modestia. Yo, repito, creo que, antes que los gatos, los dentistas pueden dominar el mundo. Si quisieran. Imagínate que los dentistas a lo largo y a lo ancho del globo se pusieran de acuerdo y dieran cita a mucha gente y los vayan despachando con la obligada palmadita en el hombro, escondiendo o queriendo esconder su poder, mientras preguntan paternalmente cómo te va en el laburo, si te fuiste de vacaciones, giladas así, y que casi nunca hablan del dominio que ejercen, no hablan y no te preguntan nunca por el capitalismo salvaje ni los determinismos culturales ni por la lluvia de glifosato; y el detalle de horror es que uno va a ellos, como embelesado, convencido, a un sometimiento y el engaño consiste en creer que se arregla algo porque a uno le queda mejor la jeta. Lo mismito que con los gurúes de la autoayuda. Y además el torno, man. El torno es un instrumento usado para la reducción de uno mismo y el producto de uno mismo luego del torno ya no es uno mismo. A eso sumale el acordarse de los horarios de los antibióticos. Salí perturbado del consultorio. Cuando llegué a casa pensé que debía alegrarme porque las caries ya no dolerán. La caries es cómplice. La caries es la carnada, claramente. Cuando le comento a Juana mi impresión, dado que a ella le preocupan los abordajes antropológicos, me dijo que sólo es el miedo de ir al dentista, que dominación es Tinelli, boló, dominación es la cara que te pone la negra Zamba cuando la querés retar porque desparramó la basura por el comedor, dominación es el patriarcado, dominación es que uses con nosotros la webcam como cámara de vigilancia cuando te vas a laburar, dominación es que no me saques a pasear ahora, me decía. Pero no logré ninguna tranquilidad. Yo creo que ante la duda no hay que ceder ni un ápice de terreno de dominación a esos seres de guante blanco y sonrisa siempre comprensiva, como la de Claudio María Domínguez. Esto último debería bastar para ponerse en contra de ellos. O al menos dudar.
Esa noche mi espíritu suplantó el tema de mis pesadillas: antes era la muerte o lo que sucede luego de la muerte, o ser vecino de Luis Miguel, o vivir al lado de una congregación de evangelistas abusadores del gospel; ahora pesadilleo con el crecimiento silencioso y voraz de las caries.

Juana Con Topaz
Juana ante los abordajes antropológicos.
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