La venganza no es cosa de perros

Salimos a caminar con las niñas, como siempre a eso de las siete de la tarde. Ese día desde la mañana había habido humedad. La humedad nos afecta a los cuatro. Nuestros ánimos se ven influenciados por ese detalle. Hay una pesadez en hacer las cosas, y cuando las cosas se hacen con pesadez, se piensa mucho. Al pedo nomás, porque de ninguno de estos cerebros va a salir la vacuna contra nada. Mucho menos demasiadas maldades. Nos sacudimos el pelo muerto suelto disperso disuelto de Valquiria que decora (ese pelo es como las caricias que nos hacés, dice Zamba, sin poesía alguna, y es por eso que las tenés que renovar todos los días, boló, dice ella o hace que dice) y ablanda el suelo de mosaicos de toda la casa y salimos a la tarde, correctamente los collares puestos. Y ellas son el mío.
Esa Y está demás, creo.

Qué día de mierda, digo yo. Sí, me replica Zamba especialmente habladora y pensativa, pero a ponerle onda, boló, me dice o hace que dice. Hacemos unos metros y Valquiria detecta una meada conocida. Es la del chabón galgo de la otra cuadra, dice. Juana asiente sin decir nada, Zamba espera que prosigamos la marcha.
Por la ruta, caminado hacia nosotros viene una mujer. ¿Viste quién es esa? ¿La conocés? le digo a Zamba. No me escucha. Es la que te abandonó en esa casa derruida, la que vos seguías a todos lados y te echaba de todos lados, le digo. La mira, me mira a mí con esa mirada. Digo “esa mirada” a falta de mejor definición, aunque no es una mala definición. Valquiria le dice a Juana (porque con Zamba no se habla, ni siquiera cuando juegan) que el día es un bajón – eto lía ech uno bacón- . Lo dice con toda la displicencia de que es capaz, una displicencia análoga a la que Juana usa para ignorarla a ella y a ese comentario. Bah, la misma displicencia que usa para ignorar todo, a mí, a su propia vida, a los peligros de la ruta. Lo único que deshace ese afán obstinado es la aparición eventual de algún tero o lechuza. Y el ruido del tacho de la comida, por supuesto.
Esa mina es la que te dejó en la mugre con todos tus cachorros, que no te daba ni agua, prosigo. ¿Y qué querés que haga yo, boló?, me dice. Nada, a lo mejor conseguía que te enojaras e hicieras algo al respecto; yo tampoco puedo hacer nada, le digo. Esa mirada pone. Me mira, la mira a la mina, y mira, ya no con esa mirada, mete la lengua adentro y examina con atención. Le salen chispas de los ojos. Se le incendia la mirada. Yo pienso en sus cachorros y de cómo su intención era seguir la combi que se los llevaba para que fueran adoptados en Rosario y de cómo ella miraba la combi alejándose para empezar sin saberlo un olvido progresivo, como otra vida implacable. Empieza a hacer fuerza para que la suelte. Gruñe. Babea. Yo sonrío, satisfecho. O no tanto. Pero sonrío. Y pienso en una justicia en un mundo perruno que se cristaliza en mordidas y venganzas de dientes y jirones de carne, y pienso en que también se hará cargo de todas las violencias impunes cometidas contra los de su especie, venganzas que yo no puedo cobrar porque cárcel. El cielo está claro y ella se recorta contra la realidad húmeda y fangosa y venganza. Juana, corriendo, ladra a un tero que levanta vuelo, Valquiria atrás persiguiendo siempre los restos de la escena que se aleja. Uy boló, mirá, tero tero, dice Zamba, o hace que dice y corre para alcanzarlas. Es un día de mierda, digo yo. La mina se aleja, triunfal, más triunfal porque no sabe que triunfa.
zambula
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