Video testimonial

(Desgrabación del video encontrado en un celular Samsung en la calle Páramo 777-666, partido de Villa Buen Aforma.

Se filma a sí mismo un muchacho joven, con lentes, rubio y de ojos perfectos y azules, con cierto nerviosismo creciente. Fuma incansablemente:)

Me llamo Tancred Manfredo, tengo 27 años, una familia que me espera y con la que sospechosamente no me puedo comunicar. Trabajaba en el Instituto Experimental Nevada, realizando investigación sobre inteligencia artificial. Ante la sospecha de estar siendo perseguido, estoy grabando este video para dejar testimonio por si algo me pasa. Fui seleccionado junto con otros 40 diseñadores integrales de todo el país para trabajar en Perfeccionamiento de Inteligencia Artificial en los laboratorios Juan Carlos Batman, en las sierras de Córdoba, cerca del cerro El Condorito. Nuestro trabajo consistía en analizar datos que nos llegaban desde Alemania y replicarlos en los laboratorios. Las jornadas eran intensas, agotadoras. No pocos sucumbieron al estrés. Yo me resistí lo más que pude sin usar medicación. Todos lo hacíamos porque esto sería un gran dato en nuestros currículums, además de la posibilidad de ser becados para seguir nuestros estudios en Alemania. Hace dos noches, muy cansado, salí a caminar por el predio y llegué al portal. Hablé unos minutos con los guardias vestidos de civil en el portón principal. Les pido usar el baño que hay en la entrada, al lado de donde ellos comen (mira hacia atrás, al escuchar unos ruidos…prosigue) entonces uso el baño, decía, y me asomé a una habitación de la cual provenían voces. Hablaban en voz alta. Había tres hombres, de traje, nunca los había visto en los laboratorios. Uno de ellos tocaba a otro por todas partes, lo manoseaba. De pronto, le dio una cachetada. Entonces vi que al cacheteado se le había desprendido la piel de la cara, en la zona donde lo habían abofeteado. Pude notar que en esa zona en la que debía haber músculo, había una capa oscura con una luz verde intermitente. Entré en pánico. Tratando de no hacer ruido volví al baño, y salí apresuradamente, los guardias me saludaron y respondí. Agregué que me sentía mal y por eso la expresión en mi cara. Pensé toda la noche en lo que había visto. No lo creía. Nuestro trabajo se realizaba con circuitos experimentales que, para decirlo rápido y para que se entienda, no representaban a un cuerpo completamente, sino que eran pruebas. Estábamos coordinados con neurocientíficos. Nuestros trabajos se combinaban. Al otro día le comenté a un colega, el forro de Gabriel, lo que había visto y le pregunté si era posible que en alguna parte de las instalaciones se realizaran experimentos más complejos. Se rió de mí. A las pocas horas, todos lo sabían. Era la nueva broma. Me señalaban por eso, siempre riéndose. A la noche, recibo la visita de un cadete que me dijo que me esperaba el doctor Sanders, neurobiólogo.

Me dijo que me iban a trasladar a otro laboratorio. Tenían evidencia, me aseguraba, de que ya era posible que hubiera robots complejos que ya usaran circuitos de los que yo sólo sabía teoría. Todos sabemos que estas cosas necesitan aprobación gubernamental y toda la sarasa. Fingí creerle. Le pregunté por esa evidencia. Luego de negarse levemente, insistí. A regañadientes me los mostró. Parcialmente. Eran máquinas que interactuaban con humanos, contaban con una sexualidad marcada, actuaban aceptablemente en el esquema estímulo-respuesta y exhibían una habilidad para procesar unos pocas emociones pero aún incapaces de empatía ni comprender las dinámicas sociales. Mi cara lo habrá desconcertado, deduje yo, porque enseguida añadió que eran elementos que estaban bajo estudio y seguimiento minuciosos. Remarcó seguimiento. Me mostró las fojas con los nombres experimentales y sus seudónimos. Me acuerdo de uno. Se llamaba AK 47 y su seudónimo era Claudio María no sé qué. Un apellido común. Pérez o algo así. Todos esos elementos tenían un protocolo y una carga de datos intelectuales básica. Me dijo, mientras se esforzaba sin éxito en el ejercicio de la paciencia, que todos se parecían en su discurso matriz, que constaba de apreciaciones, simbologías, historiografía propios de la corriente filosófica conocida como “new age”. Que era posible reconocerlos por una gesticulación pausada y un tono de voz que rozaba lo exasperante, por lo inhumano. Los prototipos superiores, me confesó, eran capaces de simular una eticidad y también de interactuar con grandes audiencias y hacer talleres como “The art of living” y cosas así, sin demasiada dificultad. Si se les oponía alguna recusación que tendiera a sacarlos de su carga intelectual, no acusaban recibo y continuaban con su propia programación, como si no escucharan. Me parecía irreal todo aquello. Tan irreal como horroroso. Yo sospeché de la gratuidad de toda esa información y traté de fingir interés, pero estaba traspasado por sentimientos tumultuosos. Por último, me acompañó a mi habitación y me dijo que me iban a mandar a buscar temprano al otro día. Yo desconfié. Esa misma noche me escapé, luego de sobornar a los guardias con entradas para un partido de fútbol. Ahora sospecho de todo el mundo. Me siento muy solo y aterrado. Temo por mi vida. No sé qué habrá sido de mis colegas ni de (se escuchan como golpes en la puerta, el rubio llamado Tancred mira hacia atrás y pregunta quién es, se alcanzan a escuchar voces que dicen “somos vendedores de libros, estamos haciendo una promoción de los tres tomos de El arte de vivir más invitaciones VIP para talleres sobre Conducta Afectiva en base a respiración”; Tancred mira a la cámara por última vez, duda, y, finalmente, la apaga).

roboy

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