El profeta

Cuando la vida le fue velando un poco la tenuidad de tanto discurso pronunciado, el Profeta Moderno, acorralado, resumió todo en un “no hay que creer en nada, hay que seguir los propios deseos porque la vida es breve. Yo soy mi deseo”. Y le creyeron muchos, por estar deseosos de creer. Y lo siguieron muchos, porque a la urgencia del hambre la tenían resuelta. “Yo soy mi deseo” repetían. Al costado de la escena, más o menos escondidos, los Implantadores De Deseos brindaban por el éxito de su propia invisibilidad.

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