Que te rías

Que te rías no es joda. No es una experiencia ordinaria. Mucho más si uno conoce las fraguas que avivan ese bicho latigazo de miel. Si alguien ha tenido la suerte de ser la oreja de vos, la risa de vos no puede ser tomada igual que otra, contra todas las estadísticas. En ese sentido, la risa de vos es una protesta escupitajo contra lo que quisieron hacer de vos. Un proyecto macabro, católico y sumiso. Que salió mal. Que se deshizo en esos rulos que son la jeta de la vida misma, mirá. Y uno tan propenso a la jeta de la vida, mirá. Te digo: si hay un camino que lleva hasta vos, ese camino no es fácil: hay que atravesar humedales, fárragos, sentencias feministas que ya no van tolerar que se diga en joda aquello que fue siempre una manera de ahogar insurrecciones, hay brujas gritando desde las hogueras de la Inquisición, Aristimuño de tarde y de mañana, ah, y la sombra del terror del macho. Eso es posta, boluda. Esa sombra que todo macho teme en la noche de su confianza cartonera: un cerebro que lo disminuya y lo deje donde pertenece: en la pura y precisa conciencia de que es cualquier cosa menos autonomía, menos original, menos persona y lo deje sin discurso y sin el respaldo de los suyos, apocado y suspiroso, agarrado en su angustia a su única arma cuando lo dejás sin armas, que es la bruta fuerza bruta, el exhibicionismo, la publicidad para nadie. Entonces el macho se va a dormir tranquilo pensando en que mañana en la reunión de amigos va a obtener los aplausos de la manada babeante que extraña a Olmedo y Porcel y todavía se ríe con los bañeros más locos de mundo. Después de todo eso, está, recién ahí, la intuición de vos; digo intuición porque me acuerdo de que nada puede ser nombrado. Esa insistente desventura de escribir “Maru” como si se nombrara “Maru”. ¿Sabés qué pasa, chancho? Aunque no parezca, yo te saqué la ficha. A mí no me engañás: vos sos una mina complicada, una “nena” (como diría el rolinga de García) complicada y afecta a la mirada de roca y boca tentácula y medio Kali también, y elegiste el camino más complicado de todos, que es el darte cuenta de la opresión a la que te sometieron a vos y las que son como vos los ladrillos de las miles de sociedades bien. Por eso no te cuesta nada bajar persianas, ponerle el cuerpo a la incertidumbre de la amenaza, quemar las casas, las cosas, no perseguir al tipo que te abandonaba como estrategia para que lo persigas. Pobre pibe ese. Se habrá quedado mirando el reloj contando los errores de su propia mierda esperando tu mensaje de whatsapp. Me lo imagino al pibe enfrentado a su propia isla con la soledad rugiéndole a su ego. Después te escribía desde una lástima de novela mexicana de mucamas y ricos de tres nombres. Y como tu silencio es un dragón insoportable, mucho más si no dice nada, luego pasó a la amenaza derecha más que hecha. De manual el coso. Capaz que sin entender bien estas cosas, yo digo que es necesaria cierta suerte también, y que cualquier homínido heteroparlante, incluido yo, por supuesto, puede ser un hijo de yuta con un martes 13 bajo el brazo. Yo digo que después de semejantes bautismos, uno puede elegir destruirse a sí mismo, o casarse y cumplir las ordenanzas de faldas largas y costumbres de señora bien de un marido que bien mantenga, darle la tan preciada mano de obra barata al capital. Pero vos, tozuda rulida, no, elegís lo más difícil, quejarte, mantenerte a vos misma, decirles a las hipócritas que no son tus amigas como ellas creen, elegís el pasito de centímetros contra la tormenta de arena del piropo callejero cotidiano y el mandato de la maternidad obligada y dejar las tripas en las hojas de Word durante la noche en lugar de comer como la gente normal. Y sonreír, encima, tozudita, después de todo eso, como si fuera nimiedad, sonreír. Cuando lo más fácil es rendirse. O dejarse arrastrar a la tolva de la autoayuda que todo lo niega y todo lo vuelve ombligo. Y mirá que te lo recuerdan a cada rato, eh. Sos jodida, perra buena, pariente de dulzuras siempre más altas que la llanura amarilla del tiempo. Cuando escribo la palabra dulzura tengo recuerdos precisos. Vos, detrás mío, diciendo “ah, en esta casa lo queremos mucho a Stevie Ray Vaughan”. Vos, recién levantada de la siesta, pero prendida y áurea, para abrirme en universos desde la mitad del cuerpo, escuchabas llegar gente a la casa y eso no te detuvo. Vos mostrándome tus lagrimitas una mañana en el laburo por alguna chuchería que había escrito yo. A vos, jeta a leña, te sale bien esquivar las balas como Neo, pero mejor te sale ponerle el pecho a lo que te quiere destruir y luego de almorzar y cenar cigarrillos en la garita, te tomás el cole hasta la casa de un desconocido, sin saber qué colectivos tenés de vuelta, llevada por la empresa de no callarte nada, ya no, le silbás un tanguito al peligro de quedar desamparada en un pueblo que no conocés y le abrís la puerta a tu malhumor para que salga a comerse lo inmediato. Con vos no se puede, che porfiada. Una turba de nobles bestias te sostiene la espalda y la mirada. Te frunce el labio y uno sabe que hay un golpe preparándose en una horqueta invisible. Y vos fumás. A vos, jeta de olla, que la enfermedad te despierta el malhumor como si fuera un monstruo cortejador, se te caen las ternuras junto con los pelos de Valquiria. Tengo clavada en la retina una foto que te saqué cuando estabas con esa alergia que no te dejaba respirar. Tenías una expresión de cansancio y hartazgo de nena tozuda, y sin embargo, sonreíste, insepulta, con el nebulizador inútil en la mano y yo pensaba en el coraje que hay que tener para sonreír cuando no se puede respirar. Eso es Maru, pensaba mientras miraba la foto, en tiempos del siempre después, donde sobrevive lo genuino. Solamente lo genuino. A vos, claro, no te sorprende esto, y cuando te lo cuento, me preguntás si lo inventé y yo pongo los ojos en blanco. También pensaba en que la voluntad puede ser algo que se tiene sin saber que se tiene y que por eso mismo, vos no la ves. Y así, enferma y terca y ternura y todo, tenías ganas de amar y reducir la tarde a serpentinas y brillos en tu vientre perfecto y en tus sábanas, todavía con la huella del apresto. Tus lágrimas tienen prehistoria, che. Pero eso sí lo ves, y te hacés cargo de juntar tus pedacitos y callarte la verdad evidente de que no te han roto ni el maltrato ni la educación religiosa ni la solución fisiológica ni la levotiroxina ni la facilidad de pensar que todo es igual, siempre igual, todo igual, todo lo mismo.
Tenés miedo también, cómo no lo voy a entender, si es el segundo nombre de todo el mundo. Por eso te digo que el que te rías sabe lo que dice cuando se ríe. Desde dónde se ríe. Pero, dejame sospechar, hay una manera de comprobar que vos sos vos, en el margen de ese tedio que es ser para entrar en la vida social, ponerse la ropa de oficina, saludar al ostentoso que no comprende que las pólizas no le cubren lo facho. Bueno, cuando entro en la pieza para despertarte, vos me escuchás, con más medio cuerpo y la totalidad de la conciencia en el sueño, y lo primero que hacés, lo único que sucede, es estirar los brazos a este escuerzo que te saca de las pesadillas malhabidas; ahí sos vos, se me ocurre, desnuda de mundo, expuesta con las armaduras en la silla, sin fingir ternuras ni fortalezas ¿qué otra cosa sos que ese mismo pedido de abrazo? Ahora sí, claro, hay que recalcar tu modestia a este respecto, que vos creés grave y seria y yo creo modestia, más que nada, en el declive de la cama donde quedan los pajaritos de tu perfume, infieles y blancos, que se me pegan como una metáfora. Siempre paupérrima, claro. Pero qué tanta palabrería para decir que sí, que el que te rías es un franco desafío a la violencia del mundo, con inocencia, como cuando defendiste a Carlitos, más petiso que vos, allá a tus 11 años, de tres vómitos acosadores que tiraban piedras desde un sulky, y a vos te bastaba una rama para pararle el carro a los acosadores, que ese gesto de defensa nadaría impertérrito, lo suficiente como para que luego, muchos años después, Carlitos, ya devenido en un tamaño Hulk, te reconociera tu metro sesenta y un cachito de rulos en un kiosco cualquiera del barrio y te envolviera en un abrazo perentorio, como si continuara una escena. Los que contemplamos la escena sin haberla vivido, te saludamos, Carlitos, “el que no olvida”. La nena a la que le decían “qué vergüenza que pelees con los chicos, vos, una señorita que va a una escuela católica” y que vos dijeras, solamente, que estabas de vacaciones.
¿En qué justicias estarías pensando, me pregunto, cuando me cuentan que a los 3 años salías al jardín sola con las manos juntas atrás del cuerpo mirando al cielo, caminado despacio? Andásabér. A mí me gustar pensar que ya andarías planeando ponerle los cuarenta límites a lo que se esperaba de vos, inocente como Zamba, rebelde como Juana, ansiosa como Valquiria, mirá lo que te digo. Que ya andarías poniéndole las comas y las sanciones al discurso contra la canción católica que no iba a poder, en efecto, con vos y tus puños, vos y tus amores y tus vísceras jetonas y tus ganas de cantar “Sin separarnos más” en terrenos imposibles para la definición. Claro, eso puede ser, la palabra desconfía de vos porque no te puede encerrar. Y vos andás ahí, paseando a Cooper y componiendo cumbias y melodías contra el imperio de la autoayuda. Pero cuántas ganas de reír, che, rulidad. Si hasta podés opacar ausencias y seis ciudades inestables y forzosas y llegar en una nota voz de Messenger sin perder ni un prodigio. Hay que rescatar la ternura, me decís, y empuñarla y reverberarla, mientras el Aqueronte nos separa los domingos a las 19, y yo te creo. Sin comprenderlo bien, a lo mejor, porque viste que soy medio salvaje, pero si escucho tu voz, si escucho que lo decís vos, con esa voz en que las palabras comunes como “chancho” adquieren una significación inigual, imberbe, yo te creo y, al contrario de lo que vos creés, mi mano va a ofrecerse sola a tu mundito encajado en una resistencia inapelable anónima, como la de todas las buenas causas.

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