Gustavo

Mi amigo Gustavo Blaquin, lector no muy ávido, pero lector, me confesó una vez que sólo leía a escritores que convertían la lectura en un placer. El sistema para no equivocarse a este respecto se basaba en escuchar recomendaciones que estaban dadas por otros que él admirara previamente; sin embargo, admitió seriamente que el escritor a quien más le costaba desoír era a un oscuro Gustavo Blaquin, dador de significados, posibilitador de hazañas. Me contaba que se le aparecía, y le dictaba, sobre todo, cuando no había hoja de Word o celular disponible: durante el entresueño, o mientras duraba el último baño del día u otras impertinencias de ese tipo. Pero cuando transcribía, lo que resultaba era propio de otro Blaquin. Más “diurno” decía. El Blaquin que le dictaba nunca era el escrito. De modo que nunca se iba a conocer obra alguna del oscuro Blaquin. “Es una pena”, decía mi amigo Gustavo, “es bueno de verdad ese Blaquin”.

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