Las cosas

Las cosas existen en la medida en que no pueden nombrarse, existen en la intemperie del lenguaje: el abrazo que me pide Maru a la mañana mientras aún no pertenece del todo al mundo de los vivos, Maru misma, las nenas y sus ojos profundos y su consiguiente inflexible enigma, el cigarrillo antes de dormir, el primer mate del domingo, los dedos de Stevie Ray, el Band of Gypsys de Hendrix, Las 4 Estaciones de Vivaldi, la siesta del sábado, la siesta en todas las vidas, el sabor del té, la no idolatría, las caricias paternales de Gelman o Casas, el sueño y el vértigo. La verdad es eso que se escurre cuando querés tocarla, o la tocás y ya no es posible decirla, uno toca y palpa y ama siempre hacia adelante, hacia donde no están las cosas. Cuando Zamba, por poner un caso, me mira desde el fondo de su obcecada inocencia ya no puedo nombrarla, aunque ella siga ahí, disparándome los verbos o las preguntas pero sobre todo el amor augente y perentorio que sólo sale y que sólo puede salir desde la inocencia. Se me ocurre que eso debe ser la verdad, por más que protesten los aplaudidores y los personalistas y nos señalen, calzados con una solemnidad siempre sospechosa, que la verdad está donde ellos dicen que está y que parece que es un solo lugar, inamovible. ¿Cómo voy a decir yo dónde está algo como la verdad? ¿Quién me avala? ¿Con qué derecho? Son hilarantes las formas en que algo se erige como verdad. Algunos se amparan en el número de los aplausos, otros en la existencia de aplausos, otros en la repetición de la turbiedad, otros en el silencio ante las instituciones, todos en la desesperación ante la muerte. zambulaSe me ocurre, a mí, que tampoco se me ocurre nada, que la verdad tiene cierto viso poético, y es por eso mismo que no puede ser apresada ni atenazada como pretende el poder, como le hace creer el poder al súbdito, como le hace creer el súbdito al muerto. Lo lamento, yo vengo acá a dudar. Si en algún momento aseguro algo, es porque me envanecí o porque me crecieron musgos en la frente y tiré el ancla ahí donde yo me aseguro el bienestar antes que mirar la tempestad que me hermana con las manos que no quieren ahogarse. Casi todo se hace con el viso de la verdad, o con la pretensión de agarrarla; los autos, las cadenas, el poder mismo que necesita quienes le aguanten los trapos y a veces lo consigue, el mate, cebarlo, darlo, el poema, la caída, el insomnio, la treta, el tetra, los avisos de publicidad, el papel que envuelve la botella del vino, la religión y sus dioses y las masacres que la anquilosaron a los siglos por los siglos, la ropa que llevo, el tatuaje que no ostento.Sin pensarlo demasiado y con una cierta valentía que nunca es cierta del todo, me animo a aventurar que la verdad no puede ser dicha ni menos asimilarse ni menos verdad inmóvil. Me atrevo a decir, incluso, que se ríe de quienes pretenden llevarla en la jeta y en el celular. Si uno acaricia una espalda, esa espalda ya no es, la visión de la espalda y la espalda misma se convierten en verdad, y las palabras y el corso de los gestos perecen en su búsqueda, por eso se escribe siempre, porque no se puede decir, no se puede nombrar. Terriblemente no se puede nombrar. La verdad no tiene que ver con elecciones ni pompas ni con métodos; la verdad es, sospecho, una fatalidad que nos denuncia por intrusos o por ejercer una dinastía nefasta de poseerlo todo y también, quizá, fatalmente, implica una renuncia, la aceptación de la intangibilidad, tan cara a los expropiadores de las formas, que hablan de la “pasión” con la misma sonancia con la que se enarbola el lugar común, el “cómo andás” sin interés. Cómo me va: me estoy muriendo. Y eso es en parte verdad; deja de ser cierto un poco al decirlo. La verdad se fue cuando decías “me estoy…” La verdad no es sagrada. Lo sagrado es maquinaria propia de los turbios y los manipuladores; es fácil reconocerlos, porque dicen que hablan en nombre de la verdad. O crean los mecanismos para hacerlo. Y cuando esos mecanismos están creados, se invisten con retazos de una humildad que siempre les queda evidente por apócrifa. Es necesario decir también que los poetas no tienen la verdad, ni se chocan con ella, aunque haya argucias, prolegómenos, gestas y caprichos, condescendencia o valor. Sólo se puede jugar con las palabras mientras la verdad tiene eficacias más elevadas. Ni siquiera decir “la verdad” como astucia es decirla. Sólo se construyen puentes, como hacen mis manos por-sobre-en el cuerpo esperado. En días de desesperación o cordura, sospecho que el error hace nido en la conciencia de creer que las palabras dicen algo, como decir que despertarse es despertarse cuando uno sólo sale desnudo, siempre, con el magro ejercicio de una psicología a recibir cachetadas en todas las esquinas.
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