El colchón de resortes

El colchón de resortes

fue un lujo burgués

que me permití hace tiempo

cuando ignoraba el manejo del dinero

y el dinero. Ahí estaba

el pobrecito

juntando tierra

orondo

entre trastos

ollas

acolchados fuera de estación

que no se vendían.

El vendedor me decía

riendo

que nadie lo había querido

por discreto

aunque costara burgués.

Me sedujo por discreto

y por lástima.

En casa ya

me llevé bien con él.

Durante un tiempo

fue todas las maneras de la creación,

el soporte del antojo,

el nombre de la siesta.

Juanita también lo adora.

Hasta que Maru,

que no sabe restar,

en cambio,

aprendió a multiplicarle las gracias

adolecerlo

enriquecerlo

de constelaciones

de quejas verbos

de cárceles

de enumeraciones

de ronquidos

de ocios formidables,

y ahora,

de tan poblado

el pobrecito

empezó a morir

de rechinar pronombres.

Si lo viera ahora

el vendedor

o si lo escuchara

no daría nada por él,

lo descalificaría;

pero todos sabemos

que es ahora

que vale más que antes

que nunca

y que apenas.

Su valor medroso

escapa a las manos

a otras manos que lo toquen.

Ladran

o viven

sus hijitos

los resortes

como puñales bajo una

vida inequívoca.

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