Drenaje

Lo raro era que el hecho no la asustara, o la distrajera de sus quehaceres de rutina. Se despertaba, casi siempre estaba de costado, abría apenas los ojos para que no hiriera tanto la claridad proyectada desde la ventana, y veía un chabón chiquitito, un poco enredado en sus rulos, del tamaño de una uña, sobre la almohada, desperezándose o clamando. Con somnolencia siempre antigua, lo tiraba al piso y apagaba el despertador. A la tarde barrería. Pero lo del chabón era apenas un detalle, el detalle para ella estaba en todo lo demás: la ropa que elegiría para ir trabajar, evaluar el desayuno rápido, diseñar la estrategia con la cual bancarse a la infumable de la farmacia que siempre tenía quejas con los seguros. Fue hasta el baño, con parsimonia, más o menos se peinaba con las manos esos rulos que no conocían el orden y le caía otro chaboncito, que iba a deshojarse contra la pileta del baño, junto con el enjuague bucal. Mientras caminaba hacia la oficina, buscaba de memoria los cigarrillos en el morral y cuando los sacaba, alcanzaba a ver un chaboncito cayendo. Siempre caminando, prende el pucho, cae otro, y con el paso encendido, toca al chabón cayendo con la punta de la sandalia (que se levantaba para iniciar el paso siguiente) que fue a parar junto al puesto de diarios. Si tenía tiempo, siempre, claro, luego del mate en la oficina, evaluaba quiénes podrían ser esos chabones devenidos pequeños, devenidos resultados apocados, o quizá, para ser justos, resultados que en su pequeñez se condecían con el tamaño que habían ocupado en su tiempo, en su memoria. Ya en la oficina, pensaba si tal vez estas cosas eran el eco tangible de la vida misma, de su propia vida: ir perdiendo chaboncitos mientras el tiempo pasaba y uno haciendo lo de todos los días. En ese pensamiento estaba cuando se le cae otro sobre el teclado de la computadora. Suena el celular, era Norberto, el mensaje decía “Está nublado y también amo tus rulos”. Sonrió un poco apenas, como si alguien la estuviera mirando, como si él la estuviera mirando; amagó contestar, luego ese mensaje le hizo pensar en algo desgajándose. De cualquier manera, pensó o sospechó que Norberto ya estaba dejando de ser Norberto y había emprendido, en cambio, el camino infranqueable a una disminución. No sorprendería si mañana Norberto amanecía devenido chaboncito sobre la almohada. No contestó el mensaje. Dejó de sonreír. En todo caso, habría que hacer lo de siempre, tirar al suelo y barrer a la tarde, al regresar del trabajo.

 

ferrum_lavatorio_50cm

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