Cuando tengo

Cuando tengo un poco de cordura, 

la bastante y necesaria para aferrarme 

y parecerme 

a los espacios comunes de la raza 

(como si de ellos dependiera mi vida),

puedo pensar en el suelo que habito,

las oficinas y los negocios por los que paso, 

el galpón del laburo en que gasto la sangre. 

Pero la cordura también es

la relativa tierra firme para un aliento llamado a intervenir 

en el paisaje en forma de calores, 

de ocios mentales, de unos dientes perfectos, 

de un piercing en la nariz (tan formidable en su permanencia) 

invitando a apedrear una realidad 

que no se acomoda a la pretensión de un mundo ideal. 

Entonces, tengo la terrible, 

la inoportuna necesidad de escribir palabritas 

que tiren a poesía o a pajarito en el recreo del laburo, 

vigilando que no me sorprenda el capataz 

o todo aquello 

que no sabría comprender 

mi insistencia de contar la inocencia 

de sentir tanto, pero con tan poco cuerpo, 

una nube de amor inesperada 

y toda el agua 

y los pequeños ecos,

expectantes de una puerta que se abra 

para caerme y hacerle decir a este cerebro que piensa, 

siempre por primera vez, 

en una sonrisa ballesterense 

y en una boca que es una casa, 

que es tiempo de decir, 

de dejar asentado en algún lugar, 

de alguna manera, 

los pasitos cortos y decididos 

de una magia sucediendo,

el gerundio de un fulgor con gusto a Marlboro Fusion.

Chau, Negrita

Zambita no estaba en el cuerpo al que, sin embargo, tuve que interrumpirle la agonía. No está tampoco en estas palabras. Zambita, como el amor, no está en el lenguaje, pero al mismo tiempo, lo atraviesa.
Anda ocupada en sus magias volátiles, en los huecos de la casa, en los peldaños de la rutina. Se alza en los recuerdos de sí misma.
Escribo esto para quienes se preocuparon por ella en estas semanas, que también la quisieron, para dejar constancia de que no me olvido de quienes ayudaron a pagarle la quimioterapia cuando todavía era una perrita abandonada, hace ya más de 5 años. Pensaba en lo inexacto que suena, y que es, decir que la adopté. Algunas amigas se dieron cuenta antes que yo del hecho de que ella me había elegido. “Ya la adoptaste”, me decían, y yo decía que no. De cualquier manera, no podía haber deseado una compañera más idónea para la ternura. Hace poco, me salió el recuerdo de Facebook en el que contaba que ella y Valquiria dormían bajo mi cama. En un momento de la noche, yo me acomodaba boca abajo, con una mano tocando el suelo; de esto me daba cuenta porque, en la oscuridad, Zamba se movía para alcanzarme la mano con una de sus patitas, ahí me despertaba yo, y al rato nos dormíamos así, en esa especie de doble oscuridad.
Quienes me visitaron alguna vez, vieron que adonde iba yo, iba ella. Algunos atribuyen eso al hecho de que los perros son agradecidos con quienes los adoptan. Yo no lo sé. Sí aseguro que cuando reconocía por la calle a la señora que le dejaba comida en la vereda, en la época breve en que anduvo por la calle a su suerte, se alegraba y empezaba a saltar y yo tenía que luchar con su correa.
Fue la última compañera que adopté. La tercera. Al principio, hubo una reticencia por parte de Juana y Valquiria para hacerle lugar en la convivencia, pero luego recuerdo que en nuestros paseos por el campito, Juana buscaba roña a otros perros que la doblaban en tamaño y fiereza, Zamba era quien se interponía para defenderla. Tenía un ladrido hermoso, recuerdo.
Tengo la mirada llena de Zamba. El abrazo huérfano, antes de ir a dormir por la noche. Empiezo a vislumbrar su oficio para la infinitud.
Extrañar así de esta manera es un horror.
Elegí esta foto porque creo que representa lo que fue durante su estadía conmigo. Ahí, al lado.
Pucha que la voy a extrañar.

 

Secuencia

Hace muchísimo leí que cuando uno atraviesa una ruptura amorosa, es bueno comentar/compartir el propio dolor a gente desconocida, lo cual también significa darle merecido descanso a les amigues de escuchar las tragedias personales. Tres diarieros, dos barrenderos, la chica que atiende el puesto de alfajores santafesinos, una señora que visita a su hijo estudiante los fines de semana y el que atiende en los baños de la terminal de Rosario, saben que tenés rulos, un marido fantasma y una hija, que no te reías y te mordías el labio inferior cuando te hacía un chiste malo, que te gustaba Scorpions, que creías en ángeles guardianes y que el color amarillo chillón es un color espantoso pero que quedaba bien solamente en tu cuerpo. Todavía no encontré confidentes desconocidos para otras rupturas, pero no pierdo las esperanzas.

Mandarinas y hormonas

Usé mucho la palabra “incognoscible” de pendejito, cuando escribía. “Inexpugnable” era otra. “Baladí” la usé poco, porque arcaísmo. Era, me parecía, una manera de complejizar la planicie de mi inteligencia. Las reiteraba, a veces en la misma oración (como Jacobo Winograd en su libro, por no tener pericia para los sinónimos), en una carta que le escribí a una profesora de la secundaria que me gustaba mucho, ay. Parecía tan inexpugnable con su ropa tan de secretaria de estudio contable, tan hermética que irradiaba un carácter que tenía casi todo de incognoscible. Abrumé hojas cuadriculadas de confeblock con palabrejas intrincadas para no decir que, lisa y llanamente, me atraía fuertecito, más debido a estados hormonales que a sus magias sutiles. Era muy educada. Muy correcta en sus formas, en su oratoria, de las que no me acuerdo mucho. Sí recuerdo, en cambio, sus vivos ojos marrones y sus labios apenas pintados y la manera en que se movían cuando pronunciaba la v corta al dictar, su manera de caminar cuando dictaba, con el índice acentuando cada frase. Siempre me atrasaba cuando dictaba.
Como había repetido tres años sin ninguna culpa, yo era el que hacía los chistes en la clase, que a mis compañeres menores que yo les parecían novedosos. Claramente, yo quería hacerla reír a ella, como hacía mi amigo Luisito en el boliche cuando empezaba a hablar con alguna desconocida. No lo logré casi nunca. Una vez me frenó el carro, diciéndome que algunos de mis compañeres venían a aprender realmente y que mi actitud pasaba como una irreverencia antes que como una comicidad, y por lo tanto, demoraba el afán de mis compañeres. Me lo dijo y no sentí una amonestación cuando lo dijo, más por mi estado hormonal volcado hacia ella que por su diplomacia. Además, detalle importante, me lo dijo en privado, como al pasar, evitándome la humillación; no como las maestras de primaria, que disfrutaban del escarnio público. Creo que le dije que sí, que tenía razón y sentí como que se me caía un hilo de baba. Hoy lo recuerdo así, aunque no estoy muy seguro de la baba, pero puede ser. Encima me agradeció, dijo gracias por entender, o algo así, dejándome a la vista su hilera perfectísima de dientes blanquísimos. Esos dientes, ay. Tenía aliento a frutilla, pero nunca la vi con un chicle ni con caramelos. Cuando caminaba por los pasillos de la escuela, dejaba una estela no invasiva de no sé qué perfume. Las chicas le preguntaron una vez cómo se llamaba el perfume; ella contestó pero no recuerdo la marca; las chicas se sorprendieron de que el perfume no fuera uno de esos caros y desconfiaron de que realmente no lo fuera. Pero para mí que las chicas se ponían celosas porque los boludos nos la pasábamos embobados con la profe. Como su carácter era impermeable, nunca se supo mucho de su vida personal. Una vez la fue a buscar un rubio menemista en una chata de 5 metros de altura; me acuerdo de que nos quedamos todos mirando desde el aula cómo se subía a la chata y cómo nos saludó con un leve movimiento de la mano, antes de cerrar la puerta, riéndose. Las chicas decían que el rubio menemista estaba rebueno. Sentí todo eso como un despecho. Y me puse a escribir una carta. Borraba y empezaba nuevamente. Cuando escribía incognoscible, o inexpugnable, lo hacía lentamente, dibujando muy bien las letras. Me enteré de que había pedido un traslado o algo así, así que apuré lo de la carta. Me dije que tenía que dársela el último día que daba clases. Pero nunca pude entregarla. Me había quedado abultada; el sobre era común, pero yo había escrito una bocha, como 5 hojas, a mano encima. Tenía letra enorme. Puse la carta en un primer tomo de los Ensayos Completos de Sábato; para mí, se notaba muchísimo: el libro se abría como una boca negra en donde había puesto la carta. Me paseé con el libro toda la tarde, esperando algún momento oportuno para darle la carta y salir corriendo, o lo que sea. Hubo un momento en que entró al aula cuando todavía estábamos en recreo y me dije “es ahora”, más por mi estado hormonal que por un sentido de la oportunidad. Cuando me estaba mandando con el libro, la portera me dice “decile a la profe que la llaman urgente por teléfono”. Se lo dije; ella se levantó y fue a la sala de maestros con un trotecito que le quedaba tan hermoso y yo me quedé con el libro y la sensación de oportunidad perdida. En eso, el Botija me dice si quería mandarme mudar de la escuela e ir a comer mandarinas al campito que estaba cerca del cementerio. No le contesté pero acepté. fuimos el Botija, Rolandito, el gringuito Marcovich y Marito “Marius Lacatus” Robertone.Tiré la carta en una cuneta sin que me vieran. Al otro día me arrepentí y volví, pero ya no estaba. Me quedé tranquipiola porque no puse el nombre y además la trataba de usted. Era casi imposible que alguien pudiera reconocerla en esa carta pese a que estaban detallados, quizá por demás, sus gestos, sus facciones; sus pecas tímidas que le custodiaban los pómulos; su aliento a frutilla; una profusa descripción acerca de cómo se apoyaba en el taco de su bota izquierda cuando señalaba algo en el pizarrón mientras nos miraba; cómo el sol se le metía en la cabellera lacia y colorada y le otorgaba otro movimiento; todas cosas que ahora quedaron sepultadas bajo el peso inexpugnable de haber visto en su facebook que bancaba a Macri y es encima provida. Se llama Maricel y todavía sigue con el rubio menemista.

Ponencia

Cuando se recorta un poema 
en la parte que empieza con el nexo copulativo Y,
se está mutilando lo anterior 
– comentaba Alejandra,
cerveza en una mano, 
pucho en la otra,
en la reunión de los viernes –
se deja de lado lo que pasó antes de la Y,
lo que se labró antes de la Y. 
Mucho peor es empezar 
todo poema con el nexo copulativo Y.
Cuando uno escribe, 
hay que ganarse la Y, 
para que ésta justamente tenga sentido,
decía Ale,
cerrando la mano del pucho en puño
y poniendo el acento en justamente. 
No puede ser que cueste tan barato 
empezar un poema desde una Y. 
Creer que lo anterior ya ocurrió. 
Quiroga lo sabía y nos lo enseñó para siempre.
De escucharla,
me puse a pensar en
que nosotros empezamos bien.
Nos ganamos esa Y.
Construimos un mamotreto 
sobre el que depositó
lo posible para que haya una Y, 
una fisura 
que posibilitara el descenso a un barro insuperable. 
Hay que decir además 
eso sí
que no sos lo que me queda de vos 
tanto como no soy lo que te llevas de mí,
que, según cuentan,
es bronca, odio.
Y entonces todo se terminó.

Cortejo

Cerca de los 13 años, yo tenía bastante menos edad, en realidad. Me había empezado a vestir de negro, dejarme el pelo largo, hacía chistes en inglés y toda esa bobalina. Al Parque Lago San Genaro íbamos tres o cuatro, todos de negro, sin desodorante, cada tanto, con un grabador, a escuchar ese discazo que es Chaos A.D. y también la grabación del recital de Guns and Roses en Vincennes, París. Enchufábamos el grabadorcito rojo en un tomacorriente que estaba cerca de la cancha de básquet, a su vez, pegada al laguito. Empezábamos a notar esa placentera sensación de pertenencia. Era difícil encontrar gente que escuchara Sepultura o Manowar, que, en un principio, no sé por qué, pensé que era Pantera. Un sábado a la tarde llegamos con nuestras bicis y nuestras remeras roqueras al Laguito. Hacía calor y pronto se notó el olor a huevo. El Chino era pariente de alguien, no me acuerdo de quién, había venido de visita y era el único que se perfumaba. En un lado de la cara tenía una cicatriz que alguien le había hecho con un cuchillo. Hablaba poco y sin mirar a los ojos, tenía un carácter tranquilísimo. Pero apenas sonaba una guitarra ronca en el grabadorcito y se volvía loco. Sentado, empezaba revolear la cabeza sin cabellera, enérgicamente. Uno, mirándolo, se sonreía y sentía que quería hacer lo mismo, pero que algo así como un pudor social detenía ese afán. Según pintaba llevábamos mate o birra, semillitas, y mirábamos irse la tarde sobre el agua, fumando y hablando de pelotudeces con pretensiones de filosofía (bueno, aún hago lo mismo). Al ratito llegaron unas chicas del pueblo, que conocíamos de vista y se pusieron unos metros al costado a tomar mate. Ludmila Campissi estaba entre esas chicas. Cada vez que la miraba pasar por la calle, o cuando se paseaba por el barcito del Gordo Nano con su Pronto Shake en un amano y el pucho en la otra, me embobaba, porque hormonas. Me daba cuenta tarde de mirarla como un imbécil. Les tenía envidia a los muchachos de la escuela porque parecían no tener problemas para relacionarse con las chicas; me preguntaba cómo se acercarían, qué cosas les dirían, con qué tono de voz. Estaba seguro de que había algo así como una especie de fórmula. Tardé bastante en darme cuenta de que, de fondo, había una cuestión de clase, que hace que las cosas sucedan casi espontáneamente, digamos. Ludmila miró a nuestro grupo, sonrió y saludó moviendo levemente la cabeza. Miré a los chicos y el Flaco Aguirre estaba sonrojado; lo había saludado a él. Para reducir el sonrojamiento, explicó que lo saludó porque habían ido ella y el padre al taller mecánico en que laburaba a llevar el auto y que ahí cruzó un par de palabras, nada más. Pero el rubor no se le fue. El lado 1 del Cassette de Sepultura había terminado y lo di vuelta. Arrancaba Biotech is Godzilla. El Chino se levantó de un salto y empezó a hacer air guitar, ahí cuando ni siquiera sabíamos que se llamaba a eso air guitar, y movía la cabeza sin cabellera, frenéticamente, rítmicamente, medio fuera de tempo igual, con respecto a Igor Cavalera. Me levanté e hice lo propio, a su lado. Recuerdo haber pensado que eso podía ser una especie de cortejo. Estuvimos así hasta The Hunt, momento en que el grabadorcito se tragó la cinta del TDK. Lo miré al Chino, él me miró, azorado y desconcertado, con los ojos rojos de emoción interrumpida. Salté sobre el grabadorcito, saqué el cassette y puse el de los Guns, estaba justo en la parte en que Slash toca esa partecita de El Padrino. Sirvió a los efectos de la onda, porque seguimos haciendo air guitar, uno al lado del otro, pero ya sin menear la cabeza. Pero cerca del final, el grabadorcito nos impidió nuevamente el goce y se tragó también la cinta de ese cassette. Nos miramos con el Chino y nos sonreímos y entendimos que ya estaba. Miramos hacia el costado y las chicas se habían ido. A lo lejos vimos al Flaco Aguirre acompañando a Ludmila y a sus amigas hacia la entrada del Laguito.

Consejo rápido

Es muy importante, al hacer arroz, salpimentar recién al agregar agua a la cebolla y al ajo, previamente salteados. En los vínculos uno lidia en más de una ocasión con cosas que han sido supuestas por otro y nunca dichas por uno. Luego, la proporción ideal es 250 cc de agua por 182 g de arroz, muy bien lavado.

No lo sé, Lu

Me mira y me pregunta si nos tenemos que saludar en el día del amigo. Todavía no sé cuándo me toma el pelo y cuándo habla en serio, porque, para complicarla más, también hablamos en joda de cosas serias. Se sonríe esperando respuesta y cuando se sonríe y me quedo unos segundos en silencio, sus ojos con miopía y keratocono van de mi ojo izquierdo a mi ojo derecho, ida y vuelta, porque me interpreta más allá de las palabras, supongo, y le contesto lo que vengo hablando con otres amigues, que hay poner más amistad y menos amor ahí donde dicen que debe haber sólo amor. Que es necesario desdramatizar y desromantizar al amor conocido con retazos de la flexibilidad y otros atenuantes que tiene la amistad. Mira hacia arriba, como pensando, sin dejar de sonreírse, y yo no sé si está haciendo que piensa o si está pensando en lo que le digo, o si está pensando en bardearme, que es, ciertamente, lo que más nos ocurre. Se encoge de hombros, dice “bueno”, y me besa con gusto a Phillip Morris y mate muy dulce y lavado. No sé si me toma el pelo o qué. No sé si pienso demasiado en todo esto o qué. La beso con gusto, y seguimos tomando mate. Desde siempre fue una almita que se le escapaba a las definiciones, incluso de aquellas que ella misma decía profesar. Yo, lo mismo. Nos la pasamos quemando papeles y ordenaciones y estrategias y modelos del ser. Cuando caminamos por ahí, y estamos en paz y en silencio, pienso en qué paja las definiciones de esto o lo otro. Nos conocemos desde el absurdo hasta el patetismo, pasando por nuestros respectivos pupos, y todavía no sé qué decir de ella, si es que se puede decir algo de ella o de cualquier cosa. Con ella bailé cuarteto, y en un casamiento, yo que me había jurado no volver a hacerlo desde mi temprana adolescencia. Me amó a pesar de haberme visto con calzoncillos largos. Cuando voy a visitarla, duermo mucho. Muchísimo. Eso me jode, pero comprendo que estar con ella tiene que ver con arrebatarle un recreo a la circulación del mundo, y es en los recreos donde a uno le cae todo el cansancio acarreado e inadvertido en todos los otros momentos. Amándola o no amándola, amistándola o no amistándola, me quedo siempre con ganas de más de ella. De ella no se sale ni se entra ileso. Le tengo miedo aún a sus oscuridades, pero eso está bien así. No le pregunto si le pasa lo mismo, me basta saber que se va a defender, nerviosamente, ansiosamente, como da el afecto y el significado. Cada vez se defiende mejor, cada vez me necesita menos. Cuando caminamos por ahí, y estamos en paz y en silencio, me pregunto con qué va a salir la próxima vez, qué cosa se está incubando en ese pequeño ser, lleno de tabaco e insomnio y ardor y canciones de Serrano. Se va todo el tiempo, a muchos lugares, y es algo que me fascina y me descoloca de ella, su enemistad inherente con la inmovilidad, con la estabilidad. 
Se me ocurre que no es que volvemos, sino más bien que nos seguimos encontrando, que es distinto.

Barrito

Que tengo un manojito de barro 
cuando me despierto,
a mi costado, sobre el colchón. 
Desde hace años. 
Nunca pregunté 
ni averigüé el por qué 
ni el para qué de esa existencia. 
Nunca lo viste cuando dormiste en casa. 
Es un manojito de color marrón, 
maleable como arcilla. 
Como arcilla lo trato para amasarme 
unas magias ínfimas, 
que con el correr del día 
van desapareciendo, 
y, según el día, a veces se terminan al mediodía, 
y otras veces, cerca de las 7 de la tarde. 
Muy pocas veces 
me duró hasta la hora de acostarme. 
Que no son grandes magias, 
te habrás dado cuenta, vos
que dormiste y me amaste en casa, 
y me viste como otros no,
porque son mis manos 
las que le dan forma a ese barrito 
y mis manos tienen unas limitaciones 
corroborables. 
A veces hago risitas con el barrito, 
otras veces escribo, 
otras veces toco la guitarra, 
para vos hacía chistes y posturas sobre la mesada, 
la mayoría de las veces me hago como una armadurita,
que según las piñas, 
aguanta más o menos. 

Hoy cumplió años un compañero de la fábrica 
que tiene la misma edad que yo 
y me di cuenta 
otra vez 
de que ya tengo 40 
y con los años 
pierdo las ganas de amasar el barrito 
porque ya estoy domado por la mierda. 
Así que por estos tiempos 
vengo dejando el barrito solamente 
en el suelo,
a disposición de Juana, Valquiria y Zamba, 
que siempre estuvieron ahí, 
calladas, 
sonriendo,
con hambre o con inocencia,
pero se me hace
que no necesitan el barrito.

Mira lo que han hecho

Iba yendo con la guitarra al hombro a dar la clase a casa de Viole y me para la chica que reparte las facturas de luz, me reconoció sin alegrarse, y yo lo mismo, y me dice: te dejo este aviso de corte. Pucha, le digo, está jodido todo. Sip, me dice y no dice más. Le pregunto si había alguien en la oficina, y me dice que sí, que está Augusta. Le avisé a Viole por guasá que me había surgido un imprevisto, que pasábamos la clase para mañana. Llegué a la oficina, y le empecé a hablar de capitalismo a Augusta, una señora muy coqueta, ese día estaba bien arreglada y no se le notaba tanto el fastidio por la vidahh, me miraba por encima de sus lentes de marco grueso color lila, y me di cuenta de que lo del capitalismo no iba surtiendo efecto. Mirá, le dije, plata no tengo, lo que tengo y gano va solamente a la comida mía y de mis pibas y después, si sobra, voy viendo algunas deudas. Pero tengo esta guitarra, le digo, mientras la saco del estuche que tuve que comprar aparte aquel día en la tienda, es una Squier Affinity, con mango de maple, una guitarra baratita pero noble, a la que alguna vez iba a ponerle otros micrófonos, porque los que tiene son muy rasca, eso sí. Augusta me miraba por encima de los lentes de marco grueso color lila, brillando sobre ellos. Esta guitarra, prosigo, así como la ves, no se me cayó nunca y pasó por muchos escenarios y hasta la han tocado manos mejores que las mías. Mirá cómo está, le dije, y mientras miraba la viola, se me caían, como ollas de la alacena, los recuerdos que recolecté con esa guitarra. No me quería emocionar, y lo logré, mirando la mirada cada vez más gris de Augusta, que es el antónimo de la emoción. Te la dejo en parte de pago, le dije en seco. Mirada mucho más gris, tirando casi a indiferencia. Y me di cuenta de que estaba perdiendo, pero también de que no sirvo para negociar. Arremetí con todo, dejando que se cayeran las ollas de la alacena,; esta guitarra no es una guitarra, no vale plata, vale emociones, Augusta, le dije, esta guitarra me acompañó cuando la flaca me encerró en su departamento y también cuando me dejó por el tecladista de una banda que hacía covers de José Luis Perales, y acá me empecé a emocionar, con esta guitarra, en Area Disco, toqué unos de los solos más lindos que me han salido de Sisters, que es un tema de Divididos, le dije, y un amigo, que estaba borracho, sí, lloraba con los ojos cerrados mientra tocaba el solo, eso no tiene precio Augusta, la emoción de un amigo ante algo que vos hacés no tiene precio, pero te la estoy dejando como pago por las boletas vencidas. augusta suspiró y dijo, Raúuul, vení que tenemos un problemita con este pibe. No, gracias, me voy, le dije, y metí la guitarra en el estuche y salí rajando: Raúl no me quiere porque una vez salí con la hija y él se enteró. Para mí, Augusta lo llamó porque sabe de eso. 
Fui de Viole pero estuve ausente y le terminé vendiendo la guitarra a ella, a un módico precio, dada la vida de la guitarra, un poco incomprobable, sí, pero yo no miento cuando hablo de emociones recogidas con esa guitarra. Con la guita que me pagó Viole, pagué todas las facturas atrasadas de la luz. cuando fui a pagar, estaba Augusta, que al verme suspiró. Resopló, digamos. Te vengo a pagar todo, dije; me miró. En ese fajo de billetes se iba clausurando un adiós indeclinable. Tragué saliva y recuerdos, y le dije: “mira lo que han hecho con mi hijo”. Le di el fajo y ella lo agarró, pero yo me estaba negando a soltarlo, ella tiró dos veces con fuerza pero no me quería despegar, repetí “mira lo que han hecho con mi hijo”, hice trompita esta vez; Augusta soltó el fajo, giró sobre sí misma y gritó: Raúuuuuuuuuulllllll!!!!!. Dejé el fajo de billetes y salí rajando sin decirle buenas tardes. No sé de dónde voy a sacar para pagar el gas.